domingo, 12 de marzo de 2017

El "pellizco" de la paternidad. El primer principio de la educación.

"Yo no he tenido tiempo de explicarte
lo que ahora para mí es esto de ser padre"

(Leopoldo Alas, Su único hijo)



Somos un colegio de padres de alumnos. En nosotros se da la doble condición de padres y educadores. Tenemos el enorme privilegio de poner en practica nosotros mismos la educación que queremos, que pensamos que es la mejor, para nuestros hijos. Como colegio, continuamente estamos naciendo del "pellizco" de la paternidad.

 El "pellizco" de la paternidad es el principio de nuestro Ideario. Realmente, no hay educación, que no aspire a ser una forma de control ideológico, que no nazca de este "pellizco".

Para educar, no es imprescindible, pero sí conveniente, sentir el “pellizco” de la paternidad y saber en carne propia cuánto se quiere a un hijo.

Nuestro proyecto lo hacemos extensivo a aquellos padres que coinciden con nuestra manera de entender la educación. En el fondo, ser educador es una específica forma de paternidad.

El "pellizco" de la paternidad.
El primer principio de nuestro Ideario.

Congreso Anual de Profesores. Septiembre de 2015.
Intervención del Profesor
Ph. Dr. Eduardo Armenteros Cuartango

Colegio Internacional Europa (Sevilla)

Bonifacio Reyes, comúnmente llamado Bonis, era a la vista de casi todos un hombre gris, un inútil para toda clase de trabajo serio. Había sido escribiente hasta que lo despidió, a causa de su incontrolable arbitrariedad ortográfica, el abogado para el que desde muy joven había empezado a trabajar.

Bonifacio Reyes es el personaje de la novela de Clarín Su único hijoAntes de ser padre, un hombre cualquiera, sin rostro, sin identidad. Luego, la sola promesa del nacimiento de su hijo le hizo crecer como persona para llegar a ser un digno padre de su hijo.

Entonces fue cuando Bonis decidió marcharse de su país y probar la condición de extranjero, mejor aún, de apátrida, persuadido de que el resto del mundo debía ser más hermoso que este, tan poca cosa y tan feo, que era el suyo.

Bonis era un hombre sin raíz. A nada ni a nadie se debía.
Mas al cabo del tiempo la hija del mismo abogado que lo despidió por incompetente, se encaprichó de él y una vez fallecido su padre ella lo mandó venir de dónde demonios estuviese. Y así es como aquel emigrado escribiente ocupó puesto, fugaz puesto, en la lista de los antojos de quien en adelante sería su mujer.

Fallecidos sus padres, nadie quiso a Bonis especialmente. Tampoco su esposa. Lo de ella sólo fue el capricho de una mujer que lo tenía todo y de todo se cansaba apenas lo tenía.

Bonis era poco práctico y nada resolutivo. Aficionado a los recuerdos, se distraía con la evocación de su infancia. Así le inundaba la tristeza. Mas era una tristeza que le hacía sentir más dulzura que amargura; una tristeza que le permitía huir del presente cuando éste más inconfortable se le hacía.


Bonis era un hombre triste, melancólico, vitalmente vuelto al pasado, instalado en un presente sin horizonte de futuro.
Rodado el tiempo, cuando Bonis fue padre, estos recuerdos lejanos, en especial los de sus padres, le brotaban a borbotones. Pero no ya como refugio, sino como impulso para, a imitación de ellos, asumir con diligencia la nueva vida, la de la paternidad; como impulso para aceptar la seriedad que esta nueva vida parecía conllevar: una seriedad cuya autenticidad se medía en la heroica aceptación del sacrificio, cuando este se hacía preciso.

No querer a nadie de "carne y hueso", que diría Unamuno,
le hacía a Bonis vivir sumido en una estéril abstracción que en nada ni nadie se resolvía. Las suyas eran unas reflexiones que nunca daban a luz vida concreta alguna.



Lo más característico de Bonis era su inclinación a las artes, en especial a la música. Al principio pensaba él que el motivo de sus artísticas aficiones era la vocación, que él debía haber sido artista y que, a pesar de que nadie de su entorno, siquiera su malhadada esposa, lo sospechara, en el fondo, en sus adentros, él era un alma escogida y no una vulgar.


Ahogado de su propia vulgaridad de vida, Bonis se creyó inclinado al arte.
Pero sólo era otra trampa, una más, que él se hacía en el "solitario" de su vida.

Luego la vida le ayudó a darse cuenta de que su gusto por la bohemia no era sino el modo en que, casi instintivamente, había aprendido a compensar su honda insatisfacción personal, a calmar un hambre, latente en él, de no sabía qué, proveniente de su infancia, sí, de cuando su padre falleció y él se quedó desamparado y desarmado en la lucha contra el mundo, sí, de cuando su madre murió y el mundo nunca más le volvió a parecer que fuese hogar.

La sola promesa de su hijo le hizo empezar a sanar del mal de vivir.

En su nueva vida, en la de la paternidad, el anhelo de sus padres se le hizo más vivo que nunca y con frecuencia en sus soliloquios se repetía "¡Mi padre! ¡Mi madre! ¡Si estuvieran aquí!” Su hijo, aun cuando este todavía solo era una promesa, le hizo comprender hechos y hechos de su padre, hasta entonces deslavazados para él.

Bonis no se daba cuenta. Vivía alimentado por la nostalgia del hogar de su niñez.
Pasó años acercándose a otras mujeres a ver si recordaba en ellas la voz de su madre.


Ni que decir habría que la voz de su mujer nunca le sonó a Bonis dulce, mansa y acompasada, como la de su madre, ni que su nueva casa, la matrimonial, nunca le pareció hogar, como el de antaño, como el de su infancia.



Bonis en su vida de adulto quiso oír tantas melodías y tantos cantos porque anduvo siempre buscando, aún si él saberlo, esa inolvidable sensación de hogar que le provenía de su infancia.












Quizás resultó que, si Bonis en su vida de adulto quiso oír tantas melodías y tantos cantos, no fue sino porque anduvo siempre buscando, aún si él conocerlo, la voz de su madre, cuyo eco llegaba preñado siempre de esa inolvidable sensación de hogar proveniente de su infancia. En rigor, se decía a sí mismo, no tenía más parentesco que el recuerdo de la voz de su madre. 


Bonis no tenía otro parentesco que el recuerdo de la voz de su madre.



La perspicacia de Bonis era la suficiente para darse cuenta de que de nadie se podía fiar del todo. Por eso, aun siendo de condición humilde y de ánimo nada avaricioso, Bonis llegó a considerar que no tenía más amigos de veras que las cosas.


Sí, las cosas. Por ejemplo, esa montaña que cerraba el horizonte, esa luna que pintaba sus noches de melancolía, esa cama de soltero, íntimo confidente de sus desvelos, a la que su esposa pronto lo acabó echando, esas gastadas zapatillas de paño que usaba de noche cuando nadie lo veía. 




Seguramente, el gran Platón, tan desdeñoso él de lo que eran cosas pobremente materiales, dudara de que estos únicos amigos de Bonis tuvieran sus correspondientes ideas en el ideal mundo de las ideas. Mas para Bonis todas ellas, aunque solo cosas y no personas, gozaban de un alma, puede que paralítica, sí, paralítica, pero no por ello incapaces de de entender sus solitarias cavilaciones.



La soledad, cuando es mucha y además impuesta, nunca resulta buena compañía. En adelante, Bonis pudo haberse afanado en seguir viviendo una vida licenciosa que le ayudara a olvidar, como hiciera Dimitri Ivanovich; o también pudo haberse afanado en que todo suicidamente acabara ya, como aquella anónima mujer que Camus arrojó al Sena desde lo alto de un puente.

El gesto definitivo, lo llamaba Camus.

Mas, no. Nada de esto hizo Bonis. Supo que la paternidad era la única salvación para su pasado y también para su futuro. A tiempo se dio cuenta Bonis de que su vida necesitaba un nuevo avatar, la irrupción de un ser que, siendo sangre de su sangre -o no, ni siquiera eso- empezara sin cargas ni hipotecas; la irrupción de un ser para el que cuanto para Bonis había sido solo aspiración, llegara a ser energía y hecho consumado.


La fe que necesito para vivir es él. Todo por él, todo para él. No hay que darle vueltas. Por él cualquier cosa


Las novelas, decía Unamuno, o se escriben o se hacen, y Bonis, que era incapaz de lo primero, optó por lo segundo. Y como en el arte, pensaba él, ciertas tristezas de la realidad, excesivamente miserables, no deben tener cabida, Bonis optó por levantar del alma las nubes de la melancolía, por dejar de vivir en continuo pensamiento de lo relativo y por dejar de ser como la mayor parte de las criaturas, que no tienen vigor intelectual ni fuerza de voluntad más que para ocuparse de los intereses más inmediatos y más mezquinos de la vida ordinaria.






Un hijo, pensaba Bonis, su Antonio, merecía otro padre que no estuviese atrapado, sin más perspectivas ni horizontes, en la "sensación presente"; otro padre que tuviera fe en algo, para disponer así de una esperanza, de una tabla de salvación, que poderle brindar a su hijo en las ocasiones de zozobra.


Bonis hizo lo que antes no había hecho jamás, creer en sí hasta el extremo,
y todo con tal de afrontar el futuro de su hijo.

Bonis lo vio claro. Como padre, debía instruirse para nutrirse él y así nutrir a su hijo. La paternidad era un oficio tan sublime que no cabía desempeñarlo más que con sublime dignidad. Aún no era viejo, ni mucho menos, pero le parecía haber vivido siglos. No le cabía otra más que ponerse manos a la obra consigo mismo.

De nuevo Tolstoi, y el maestro Freud y Ortega, tienen razón. Hay dos clases de personas, las que creen en sí mismas y las que abdican de esta primeriza creencia para, en su lugar, creer en los demás con el anhelo, eso sí, de que los otros lo reconozcan y lo acepten, lo vitoreen y lo festejen, para lo cual, a estos que alteran el orden de las creencias, les parece imprescindible que los otros lo vean similar e idénticos a ellos, de su mismo jaez.


Sí, en adelante, al menos durante la etapa de la crianza, el hijo no podría salir adelante sin el esmero del padre; pero resultaba también que el padre, no durante una etapa, sino durante el resto de su vida, no podría salir adelante sin el hijo, ese astillero del amor que, estando él varado, a la espera del desguace, lo había reflotado.

Bonis se deshizo de su característica pusilanimidad: tenía un motivo; y sus cavilaciones se le volvieron más concretas y preguntas tan gruesas como qué guardará el porvenir, qué es la vida, qué es importante o no en ella y qué hay en la existencia que no sea juego o sola apariencia... Preguntas tan gruesas como estas ya no eran sino preguntas entorno a Antonio, su hijo, ese que a la postre acabó no siendo sangre de su sangre, sino de otro, de la sangre de otro ligada con la sangre su esposa.

Pero ahí es donde intervino la inteligencia, antes tan gris, la libertad, antes tan sometida, la voluntad, antes tan pusilánime, de Bonis.
Mi hijo. Sentenció. Es mi hijo y en adelante no viviré sino para mi hijo, en quien tengo puesta mi fe y sin la cual no podría vivir, a no ser como el común de la gente, con una vida que no es mía, sino prestada. La fe que necesito para vivir es él. Todo por él, todo para él. No hay que darle vueltas. Por él cualquier cosa.

***
Hasta aquí el préstamo narrativo de Clarín; en adelante, su concreción a propósito de nuestro Ideario.

Primero, en la vida todo se rompe, todo salvo el vínculo entre una madre y su hijo, entre un padre y su hijo.


Cuando Medea y Layo funestamente reviven, me inclino a pensar que no es maldad extrema,
sino extrema enfermedad. El cerebro y sus arcanos.

Si algo en la vida de los hombres merece el calificativo de "esencial", eso es el pacto de un padre, de una madre, con su hijo. El resto de los tratos solo será, acabe como acabe, incluso si acaba bien, un difícil querer y un incierto poder.

Segundo, si el cometido de los padres es que sus hijos sean buenos, efecto de los hijos en la vida de sus padres es que éstos sean mejores personas, más humanas personas. Y esto es la experiencia que nos mancomuna a todos, y no solo a título personal, sino también a título colegial.



El "pellizco" de la paternidad es nuestro "principio responsabilidad" institucional. En el origen de nuestro Colegio no hay más "idea de negocio" que el "pellizco" de la paternidad.

En este Ideario (que nos singulariza y nos distingue y por eso nos hace elegibles y con exitosa frecuencia deseables a la sociedad de hoy) hay al menos cinco puntos fundamentales:


El "pellizco" de la paternidad garantiza que la educación de los hijos (de los alumnos) sea en libertad y para la libertad; que esté centrada en cada hijo (cada alumno), el cual es un original e irrepetible e irreversible proyecto de vida; y que lo capacite para vivir en el Futuro esforzándose en alcanzar la excelencia personal y profesional, la mejor versión posible de sí mismo.

Uno, una visión internacionalista de la educación.
El Colegio no es una "internacional"; pero sí internacional. En la fachada y patios de nuestra Casa ondean banderas de países europeos y norteamericanos con los que tenemos unas consolidadas relaciones de intercambio de alumnos y de Know How.



Dos, el valor cultural de Occidente.
Occidente es la cuna en donde culturalmente nacen nuestros alumnos gracias la especificidad del currículo que estudian. Y el Mundo, el horizonte de futuro de sus vidas. Lo cual en un contexto de irreversible globalización como el actual, es un posicionamiento estratégico. 



Tres, la certeza de que en educación lo posible es necesario. En un momento en el que
Por un lado, el vertiginoso progreso tecnológico hace que todo, incluidas las ideas y los principios, nazcan más que nunca antes en la historia con la marca de la obsolescencia gravemente tatuada en la frente.

El Colegio no es una "internacional"; pero sí internacional.
Mapa de algunos de nuestros puntos de intercambios de alumnos
Y por el otro lado, la arbitrariedad de los políticos tiene sumida a la educación en el desconcierto legislativo,
Que en educación lo posible es necesario es la vacuna de la que el Colegio se ha provisto para conjurar de sí mismo el mal del amodorramiento que inevitablemente hace vieja, que no antigua, y caduca, que no clásica, cualquier pretensión educativa apenas olvida que su tiempo nunca es este, el de ahora, el de sus claustros de profesores y el de sus cuadros de mandos, sino el futuro en el que sus alumnos, los de hoy, habrán de hacer sus vidas.



Cuatro, cada alumno representa un proyecto original que nace preñado del imperativo ético de llegar a ser la mejor versión posible de sí mismo.
La vocación de cada alumno es la excelencia, a la cual se tiende instando por el apetito de lo bueno y de lo verdadero, y con la ascesis de esfuerzo.



Cinco, el "pellizco" de la paternidad, al cual me tomo la libertad de llamar, emulando a Leibniz y a Bloch, nuestro institucional "principio responsabilidad".
Es el motor primero, el que lo echa todo a rodar y del que devienen los demás principios que educativamente nos definen.



Es conocido el chascarrillo de Groucho Marx, aquel de éstos son mis principios, si no le gustan, tengo otros. La falta de principios conduce a la arbitrariedad.

En la vida de las personas, a la errática deambulación. Quien no sabe a dónde va, llega a cualquier parte.  Y en la vida de las instituciones, hasta que finalmente mueren,
  • a la inevitable institucionalización de los criterios personales que a golpe de ese hobbesiano quítate tú para que me ponga yo, se suceden unos a otros en dolorosas guerras intestinas alentadas las más de las veces por la ambición de poder o por el déficit de ser.;
  • a la institucionalización de los criterios del mercado a los cuales la institución rinde sus principios a costa de sobrevivir en la competición por la demanda dejando de ser la era y la que debía ser.



Somos un colegio de padres que ofertan a los demás padres lo que educativamente hacemos con y de nuestros hijos. 

Somos unos profesionales de la educación que desde que somos padres, nunca hemos vuelto a estar irresponsablemente alegre, cierto es; pero, por contra, sabemos que ya no seremos jamás infelices del todo (si nuestros hijos viven).

Somos un colegio de profesionales de la educación que desde que somos padres nunca hemos dejado de experimentar que nacimos para esto, para ser los padre de nuestros hijos y los maestros de los hijos de los padres de nuestros alumnos.


Congreso Anual de Profesores. Septiembre de 2015.-


No hay comentarios:

Publicar un comentario