martes, 21 de marzo de 2017

El bullying no es la enfermedad, sino el síntoma.

Si entras en Google y escribes “bullying”, en 0,47 segundos el buscador te dará 93.400.000 de entradas. !Una barbaridad! Seguidamente, si haces lo mismo poniendo “ética”, el buscador te facilitará sólo 58.800.000 resultados, poco más de la mitad. Y, por último, si googleasbullying y ética”, las dos palabras juntas, ¿tienes idea de cuántos resultados te van a aparecer?



Eso es; sólo 500.000 enlaces. Sospecho que en esta cifra -tan baja comparada con las de las anteriores búsquedas- se halla una de las claves para entender por qué el bullying en tan escaso tiempo -¿acaso un lustro?- ha llegado a convertirse en uno de los problemas más candentes y recurrentes del panorama educativo de hoy, al menos en las poderosísimas terminales mediáticas, más capaces que nunca no ya de informar acerca de la realidad sino también de distorsionarla y de “fabricarla”.

***

Hace unos días vi cómo dos niños de diez años se gritaban en el patio a cuenta de un balón. No llegaron a las manos. Pero les faltó poco. Si la discusión hubiera sucedido en otro lugar, distinto del colegio, seguramente hubieran acabado pegándose no sólo con las palabras.


Después de conversar con los protagonistas (y los espectadores) del incidente, llegué a la desoladora conclusión de que para bastantes de ellos el principal motivo para no pelearse era evitar una reprimenda o un castigo de sus padres y profesores.

El día de mañana -pregunté- ¿sólo conduciréis bien cuando el helicóptero de la Guardia Civil de Tráfico sobrevuele vuestro coche?... Si estuvierais seguros de que vuestros padres nunca lo sabrán, ¿cuántas cosas que no hacéis sí haríais? ¿y al revés? ¿cuántas que hacéis dejaríais de hacer?

Es la moral del ojo que todo lo ve
Soy “bueno” cuando y porque me observan.

Hace unos días vi cómo en un grupo de trabajo cuatro de sus integrantes excluían a otro compañero. Observé que ninguno le quería prestar el sacapuntas. ¿Por qué?, pregunté. El que más desparpajo tenía me respondió: No queremos a Menganito en nuestro grupo. Preferimos a Fulanito... Si algo tienen los niños a estas edades es que son sinceros, a veces “cruelmente” sinceros.


Hace unos días una niña me vino a contar que sus amigas no contaban con ella. Era el clásico caso de relaciones en el que uno más uno más uno no es igual a tres sino a dos más uno. Y ella era el uno que sentía de más en esa relación.


Hace unos días vi que a un niño de aspecto poco deportista sus compañeros lo tenían poco en cuenta para jugar al fútbol en el recreo. Hablando discretamente con él, fuera de la vista de los otros, le “arranqué” esta confesión:

Es que si no juego al fútbol me aburro en el recreo. Y luego no sé de qué hablar con ellos porque se pasan el tiempo discutiendo si aquella entrada fue falta o no... Además, los que “mandan” en las pistas son los que luego más mueven el cotarro en la clase. Los demás les hacen caso a ellos.

A esta edad los niños no juegan para perder el partido. No obstante, después de tratar el asunto con el grupo, aceptaron la habitual inclusión de este compañero en los partidos. Para ellos pasar de la exclusión a la tolerancia es más fácil que hacerlo de la tolerancia a la integración y la aceptación.


Hace unos días un niño me vino quejándose de que en el patio un alumno mayor que él le había “dicho”… ¡una inconveniencia! Algo que mejor hubiera sido que se lo hubiera callado.



Es curioso cómo el niño de Infantil de 5 años olvida que dos cursos atrás él era el más pequeño del recreo y cómo le gusta hacerse el “mayor” ante sus compañeros de 4 años sin percatarse de que él, al pasar al primer curso de Primaria, volverá a ser con 6 años el más pequeño del recreo cuando comparta patios y parques con compañeros de 7 y 8 años… Ya dice el refrán, es mejor ser cabeza de ratón que cola de león

En absoluto minusvaloro, al contrario, el bullying. Lo tomo tan en serio que no lo reduzco a “moda”
y por eso tampoco lo sobredimensiono.

La vida diaria -escolar y doméstica- de los niños da para un sinfín de ejemplos como éstos, a los que últimamente ¡con pasmosa facilidad! se suelen catalogar como bullying. Un niño vuelve tristón a casa porque en el colegio ha tenido una trifulca con algún compañero... Un desafortunado comentario de whatsapp o una desaconsejable conversación por teléfono entre los padres de los niños implicados… Y ya se montó el bullying...
De repente, en los colegios han desaparecido los problemas de convivencia, que siempre hubo, y automáticamente se han transformado en bullying.
El bullying no es el problema sino el síntoma.
El problema es el ambiente social éticamente tan vacío y tan viciado en el que los niños se educan.

En mi opinión, una de las raíces de este “virulento” fenómeno llamado bullying (que en absoluto minusvaloro, al contrario, lo tomo tan en serio que no lo reduzco a “moda”) es la precariedad ética de la sociedad en la que los niños están creciendo. Ante el bullying lo más eficaz, dicen los expertos, es la prevención. Y no encuentro mejor prevención que acometer seriamente la educación ética de los alumnos.

El tema de nuestro tiempo es la tecnología, sin duda. Y el problema, la ética, también sin duda.

Está mal que dos compañeros se peleen en el patio. Por supuesto. Está mal que cuatro compañeros den de lado a otro y que no lo quieran para trabajar con él. Por supuesto. Está mal que un niño mayor abuse de su situación de dominancia respecto a otro más pequeño. Por supuesto. Está mal que los niños practiquen relaciones afectivamente endogámicas y excluyentes. Por supuesto.


Pero también está mal -al menos eso me parece a mí- que los niños dejen de comportarse así sólo o principalmente por temor al castigo o a la privación de premio. También está mal que no se comporten así sólo o principalmente porque y cuando hay un ojo que los ve y consecuentemente los castiga si no hacen lo bueno.


En definitiva, está mal -al menos, eso me parece a mí- que un niño aspire a ser bueno sólo o principalmente por huir del infierno tan temido. Es decir, por eludir una reprimenda, una mirada desaprobadora o reprobadora... La disciplina no es un sustituto satisfactorio de la ética.
Si hay un ojo que todo lo ve, se corre el riesgo de que lo bueno se desvirtúe y devalúe en lo permitido, en lo meramente ordenado... Entonces, uno, más que bueno, es obediente.
Una  de las claves de la educación ética de los niños radica en que éstos -desde pequeños- aprendan a apetecer lo bueno “simplemente” porque es bueno. El cultivo de esta apetencia es el verdadero reto de cualquier educación ética que no quiera hacer descansar su fundamentación en la disciplina, en el temor al ojo que todo lo ve.

Le dijo el fiero cíclope Polifemo a Ulises antes de ponerlo a pique de la muerte:
Si te perdono no será por miedo a Zeus, sino porque mi corazón me lo dicte.

Pero que la educación ética de los niños sea cosa del “corazón” no implica, al contrario, que a la par no lo sea de la “razón”. Hoy en día la educación ética tiene que vérsela -como poco- con estos dos inconvenientes:



Primero, pedagógicamente la ética no está de “moda”. En este tiempo, en el que el mundo educativo está tan nerviosamente “innovador”, no es habitual que la formación ética de los alumnos sea cuestión especialmente importante. Sin embargo, hoy -precisamente hoy- no hay excelencia educativa que valga si no aspira provocar en el alumno estas tres grandes apetencias:



Una, a salir de la propia zona de confort, esto es, a tender a la excelencia. Dos, a comprender intelectualmente el mundo lo más posible, para hacer de la intemperie natural y sociocultural en que éste se encuentra, su propio hogar. Tres, a respetar, más aún, a alentar la vida, propia y ajena, porque ésta se considera:
  • el requisito, la condición, de todo lo demás, de cualquier otra cosa, que haya y suceda en ella: sin vida, nada;
  • y por tanto el primer valor a partir del cual todo adquiere su valor, siempre relativo a ella, dependiendo de en qué medida algo sea efectivamente vivificante, esto es, capaz de hacer una vida más viva, más ancha, más profunda… más humana.




Y segundo inconveniente, frecuentemente la educación ética, allí donde escolarmente se afronta, suele reducirse a esa suerte de “buenismo” que acaba induciendo a los niños a ser ocasional y sensiblonamente solidarios, sin poner el suficiente énfasis en que lo bueno sea apetecido, entendido y querido además de “sentido”.

Entender que lo bueno es bueno ayudará a apetecerlo, quererlo y crearlo. Es imprescindible que la educación ética apele a la inteligencia del niño. Obviamente, sentirlo también ayudará a entenderlo y quererlo. El circuito, para que sea lo más educativo, ha de ser completo, y no a medias. Y, sin duda, es más fácil hacer sentir que hacer apetecer y hacer entender.



Enseñar a los niños a ver en cada individuo un “grito" puede ser el arranque de una ética establecida más acá y más allá del ojo que todo lo ve. El “grito” es: primero, expresión del miedo y de la necesidad; segundo, enérgica petición de auxilio; y tercero, el principio de una ética que no se fundamenta en portarse “bien” cuando y porque alguien nos observa.

Para ello hace falta que el niño alguna vez se haya sorprendido a sí mismo “gritando”, que sienta algún género de carencia y que experimente la ausencia como revulsivo y reto. La vida facilona y con escasas responsabilidades y exigencias que a veces los padres equivocadamente consentimos que los hijos lleven, no ayuda.

A quien nunca ha tenido que “gritar” en la vida le será más difícil advertir el “grito” de otros y reaccionar compasiva y comprometidamente con él. En cambio, quien sí ha “gritado” tenderá a reconocerse en el “grito” ajeno y acabará dándose cuenta de que todos pertenecemos al mismo “linaje”, al de los vitalmente "necesitados". El “grito”, lo que éste simboliza, nos mancomuna.


El grito, el famoso cuadro de Munch, me vale como imagen de este “griterío” que es la vida de los hombres. En primer término del lienzo hay un hombre que “grita”. Al fondo, una pareja que pasea ajena a él. Éstos no “gritan”; al contrario conversan. Quizás “gritaron” antes y por eso ahora, una vez que ha surgido entre ellos la empatía, comparten una amigable conversación. Mientras el mar, a la vera, se aclara y hermosea.

¿Qué más tiene suceder, éticamente hablando, en este cuadro? Pues que estos dos hombres vean el “grito” de aquél que más adelante está solo. Y que además decidan acercarse a él. ¿De qué dependerá que así reaccionen?


A quien nunca ha tenido que “gritar” en la vida le será más difícil advertir
el “grito” de otros y reaccionar compasiva y comprometidamente con él.
 


Sin duda, será más probable si éstos, como el que “grita” ahora, tuvieron antes su propia experiencia de lo dura que la vida puede llegar a ser. Y también si a raíz de ello los dos aprendieron que el logro del hombre inicialmente no está en las solas manos de cada uno por separado, sino que el arranque de la realización personal depende de que otros salgan a su encuentro al ver y oír su “grito” y además reaccionen compasiva y comprometidamente ante este “grito”.


El éxito personal comienza siendo tarea colectiva y no solitariamente individual.
Rescato, otra vez, el parecer de Buber y Vygotsky. El yo deviene del tú, del nosotros.

Regresando a las aulas
, el reto educativo, a la hora de educarlos éticamente, consiste en que los dos niños que rechazaron pelearse principalmente por evitar el castigo… Que los cuatro compañeros que no querían a Menganito en su grupo de trabajo… Que las dos compañeras que hacían sentirse fuera de juego de la relación a la que hacía tres… Que los que no dejaban jugar al fútbol al niño que peor lo hacía… Que el alumno mayor que en el patio fue un impertinente y un abusón con otro más pequeño
Que todos ellos vean en los otros un “grito”, es decir, a alguien que lo puede estar pasando mal y que decidan convertirse para esos precisos compañeros en una especie de nereida, como aquella que lanzó a Ulises, quizás en el momento más grave de su naufragio, la mochila de la inmortalidad con la cual el de Ítaca logró llegar a la orilla y salvar su vida.
Ulises no nació siendo héroe. Aquiles, tampoco. De nacimiento uno no es demasiado. Lo que uno trae a la vida difícilmente es bastante para sentirse irrevocablemente abocado a ningún destino concreto que esté de antemano escrito en el “cielo” como los astrólogos antiguos creían. Además de lo que se trae de nacimiento, uno es, más que nada, lo que hace consigo mismo.
Decía Schiller que el mundo es lo que hacemos con él y de él. El mundo es una ciudad, como Mosul, devastada por la guerra o es un increíble puente de cristal de casi 300 metros de longitud alzado sobre el cañón de Zhangjiajie en China, a más de 400 metros de altura. Y decía Ortega que el hombre es el novelista de sí mismo. Eres lo que haces contigo y de ti.

Mano se dibuja a si misma.jpg

Eres lo que haces. Acabas siendo el producto de tus hábitos, de tus más consolidados comportamientos. En el día a día, casi inadvertidamente, te creas un estilo de vida que acaba conformándote. Como actúes, como suelas actuar, así serás. Solo quien apetece lo bueno porque entiende que lo bueno es bueno, se afanará en hacerlo y acabará él siendo bueno.

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