domingo, 6 de noviembre de 2016

Cuando el problema no son los niños, sino los padres. La dificultad de educar en una “sociedad abierta”.


No hace mucho unos padres me confesaban su creciente preocupación. No les acababan de gustar algunos de los amigos de su hijo, aunque se conocían desde pequeños. A lo cual les respondí que -en general- me parecían buenos niños… La madre, con agudeza, se apresuró a aclararme:



El problema no son los niños, sino sus padres, sus familias. Son buena gente. Pero, mi hijo, cuando va a sus casas a pasar una tarde o un fin de semana, no nos gusta cómo vuelve. No todo lo que esas familias permiten que sus hijos hagan y deshagan se aviene a lo que nosotros le tratamos de enseñar al nuestro.





La mayoría de sus compañeros pueden hacer cosas que nosotros no le permitimos: desde tener un smartphone propio hasta acostarse a las tantas porque se llevan sus tabletas al cuarto...  Su padre y yo tenemos la sensación de ir a contracorriente. Y él, por supuesto, no nos comprende. Estamos pensando qué hacer. ¿Damos un paso atrás? ¿Dejamos que “otros” eduquen a nuestro hijo? No es fácil, créanos.


El problema que estos padres me planteaban, visto en toda su hondura, tiene un título solemne: La dificultad de educar a los hijos en una “sociedad abierta” cuando el rol educador de los padres parece que está “evaporándose”.



Nuestros padres, y no digamos nuestros abuelos, educaron a sus hijos todavía en “sociedades cerradas” en las que no solía haber graves ni grandes dudas acerca de lo que era bueno y malo, importante y secundario, valioso y fútil... en la vida.



Obviamente, en esas “sociedades cerradas” había discrepancias, algunas muy fuertes, sobre todo en política, pero casi nunca eran a costa de los principales valores, arquetipos, símbolos, mitos, temas transversales... de los que estaba constituido el “imaginario colectivo” (E. Morin) en el que (y del que) aquella sociedad vivía.




Las “reglas de juego” solían ser casi las mismas dentro y fuera de casa. El “divorcio educativo” entre familia, escuela y calle, apenas se producía. Las familias -por lo general- enviaban a sus hijos a las escuelas no tanto a que fuesen -como ahora decimos- “integralmente educados” cuanto académicamente instruidos. Los niños de entonces solían ir a la escuela con los principios y los valores aprendidos de casa. La educación era responsabilidad de las familias, de los padres, y la formación de las escuelas, de los maestros.


En cambio, nuestros hijos, están siendo niños - ¡y adolescentes y jóvenes!- en “sociedades abiertas” (K. Popper). Lo cual, de entrada, en absoluto es malo, muy al contrario. Crecer en una sociedad marcada por la pluralidad, entre otras, tiene la ventaja de que puede ayudar a inocular el sentido crítico en la gestante inteligencia de unos niños que el día de mañana, así habituados a la diversidad de pareceres, difícilmente serán “aldeanos” y “sectarios” en un “mundo global” en el que los “tribalismos ideológicos” no dejan de fortalecerse.


Pero el que esta ventaja, consecuencia de la pluralidad, sea de veras efectiva en nuestros hijos, exige de los padres un tiempo, una ejemplaridad y unas convicciones que no siempre tenemos.

Pues, de lo contrario, sin esta parental dedicación, el enorme privilegio que es crecer en una “sociedad abierta”, más que producir la esperada, y tan deseable, apertura de mente en los niños y adolescentes, puede acabar ocasionándoles lo contrario, una desorientación y una confusión que los incite a ser personas volubles y llevadizas.



El verdadero respeto, y la auténtica tolerancia, a las ideas ajenas es el que nace de la existencia -no de la ausencia- de ideas propias. ¿Adónde va Vicente? Adonde lo lleva la gente...

***

En una “sociedad abierta” la educación de los hijos ha de ser para los padres -mucho más que en una “sociedad cerrada”: seguramente, nuestros padres no tuvieron la necesidad de ocuparse de nuestra educación (aunque ésta fuera más que nada asunto de casa) tanto como nosotros hoy tenemos que ocuparnos de la educación nuestros hijos- una responsabilidad apremiante e indelegable.


Puesto que sin principios y sin valores (sean éstos los que sean) al niño y al adolescente le resulta imposible crecer -el aire es a los pulmones lo que los principios y los valores son a la incipiente personalidad y al maleable comportamiento de los niños y adolescentes-, serán otros “agentes sociales” -los que tengan los mejores medios de difusión y de seducción: es decir, los que manejen los mejores informes sociológicos y los más exhaustivos estudios de mercado- quienes, aprovechando la falta de tiempo, de ejemplaridad y de convicción de los padres, los eduquen por nosotros. A veces es difícil no tener la impresión de los coolhuntings (o cazadores de tendencias) inciden más y mejor en los hijos que los padres.



Y será sobre todo al final de la niñez -al empezar a sobrevenirles la intempestiva adolescencia: cada vez más temprana e intempestiva, cada vez más sociológica que biológica- cuando los padres apreciemos -más a las claras que nunca antes- no tanto las faltas educativas de nuestros hijos cuanto las nuestras, las propias, que serán casi siempre de omisión durante la infancia y la niñez.


Esta omisión puede ser de varias clases, atendiendo a su triple etiología: las derivadas de la falta de tiempo o de ejemplaridad o de convencimientos de los padres. Pero, al final, sea cuál sea su origen, la omisión siempre se traduce en lo mismo: en dejar (o haber dejado) que nuestros hijos sean arrastrados (¿como la mayoría de los de su edad?) adónde esos "otros" agentes sociales “golosamente” los conducen. Obviamente, no se trata de un “lugar”, sino de una forma de pensar e incluso de ser.


En una “sociedad abierta” los hijos necesitan que los padres seamos especialistas en su educación. Esto no significa que seamos profesionales o expertos en enseñanza, en pedagogía, en didáctica de las matemáticas o del inglés… Zapatero, a tus zapatos, con sabiduría dice el refrán…


Pero sí que tengamos el tiempo, la ejemplaridad y las convicciones suficientes para transmitirles desde casa -su primera y más determinante escuela de vida- los principios y los valores con los que (desde los que) queremos que aprendan vivir. Cuando esto se tiene claro, la elección de un colegio para nuestros hijos, a tenor siempre de su Ideario, no es tan difícil.

Otro asunto (correlativo del anterior y sólo metodológicamente deslindable de aquél) es el de la formación académica, el cual -en un mundo global y en riesgo de continua obsolescencia ideológica y tecnológica- no tiene más remedio que ajustarse a los mejores estándares internacionales de calidad. Por eso, a nuestros hijos les conviene tanto acudir a colegios con currículos excelentes, que estén no ya a la “moda” de lo que el mercado educativo -que es nuevo nicho de negocio- ordena, sino a la efectiva la altura de los tiempos.



Después de correr mil aventuras y desventuras, Ulises tardó más de veinte años en regresar de la guerra de Troya a Ítaca y en reunirse con su esposa Penélope y con su hijo Telémaco, que no creció con nostalgia de su padre -pues no se puede sentir nostalgia de lo que no se tuvo ni se fue-, pero sí padeciendo otras secuelas, no menos dolorosas, de su prolongada ausencia.


La tragedia de Telémaco, que al verse abrumado por la vida se echó a la mar a buscar noticias del paradero de su padre, podría haber sido aún mayor. Hubiese bastando que Ulises, su padre, no fuera un grandioso héroe, sino sólo algún mediocre mortal. Quizás Layo, el rey de Tebas, responsable de las hirientes desdichas de su hijo Edipo.

Entonces, las altísimas expectativas que Telémaco tenía de su padre ausente se hubieran frustrado apenas éste hubiera vuelto a casa. Se hubiera encontrado con él y lo hubiera conocido tal cual de veras era y no tal cual otros le habían contado y él mismo había imaginado.


Pero el caso es que Telémaco tenía un padre admirable y que éste, al fin, llegó a casa y le ayudó a poner arreglo -con todo el poderío de su heroicidad- a su desarreglada vida, que tan falta estaba de orientación y de seguridad.

Telémaco necesitaba alguien -¡un padre!- que instituyera en su vida criterios sólidos para deslindar lo bueno de lo malo y así poder hacer una lectura correcta del drama que tenían en casa. Alguien que le inspirase sólida confianza en sí mismo y así poder afrontar el problema que les atenazaba a él y a su madre hacía años. Alguien que le infundiera optimismo y esperanza ante la vida y así poder asumir la responsabilidad de su porvenir sin tener que permanecer, como hasta ahora él y su madre, parapetado en lo efímero del día a día.

Indeciso, Telémaco, antes de conocer a su padre, no se había atrevido a tomar, aunque sí sintiera necesidad de ello, ninguna decisión respecto a los graves problemas que tenían en casa. Su cuerpo había crecido hasta la medida del hombre, pero él continuaba siendo frágil como un niño.


La historia es conocida. Sabemos el desenlace de tan vibrante historia. Al amparo de su valeroso padre, el único en quien plenamente podía confiar, Telémaco se puso en pie la vida y maduró luchando -codo a codo- con él. Se hizo adulto.

***

Pero no todos los padres somos Ulises. Es decir. No todos somos “héroes” sobrados de tiempo, de ejemplaridad y de convicción, ni capaces, por tanto, de fundar en nuestros hijos, a partir de nuestro propio patrimonio existencial, un bastión de sentido, de seguridad y de esperanza, indispensable ellos para habérselas en (y con) la vida.

Advirtió J. Lacan -mediado el siglo pasado- que la figura de los “padres” -en tanto máximos educadores de los hijos- se estaba "evaporando" en las sociedades occidentales. Otros estaban arrogándose subrepticiamente la responsabilidad. El paso del tiempo no parece haber desmentido, al menos no del todo, su aventurado juicio.

Quizás los padres de hoy, en un ejercicio de exigente autocrítica, debiéramos revisar si efectivamente estamos a la altura de lo que nuestros hijos -por ser niños, adolescentes y jóvenes en una “sociedad abierta”: algo que nosotros quizás no fuimos del todo- necesitan para acabar de madurar.

Nuestros hijos habrían de estar seguros de que en sus padres encontrarán, en el patrimonio intangible de nuestra ejemplaridad y de nuestras convicciones, argumentos y modelos para distinguir entre lo bueno y lo malo, lo importante y lo accesorio, lo valioso y fútil; para discernir entre la libertad responsable y el capricho sostenido, la fidelidad a los ideales propios y el seguidismo facilón de las efímeras novedades que incesantes proliferan en una sociedad en permanente cambio...


De estar cumpliéndose el vaticinio de Lacan y de ser cierto que hoy escasean, más de la cuenta, los padres del tipo “Ulises", los máximos damnificados de esta “evaporación” son nuestros propios hijos. Mas también es verdad que no todos los hijos de hoy son como Telémaco, que saben apreciar en su justa medida los grandes padres que tienen. Son hijos L´Oreal: "Porque yo lo valgo". Y saben dejarse ayudar por ellos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario