lunes, 15 de febrero de 2016

Motivar a los niños, ¿sólo con premios? Pan para hoy y hambre para mañana.


“La princesa Eloísa creció sana, bella, feliz… Pero cuando llegó la hora de aprender a leer, a sumar, a restar, a escribir… ¡ninguno de los sabios del reino podía con ella! Igual que un gato travieso, Eloísa trepaba por las cortinas del castillo y no había quien la bajase de allí! Tiraba del pelo a sus profesores, les sacaba la lengua y si querían enseñarles las letras se tapaba los oídos y se ponía a chillar. 
Sus padres, los reyes, ya no sabían de dónde traerle los sabios y los profesores que le enseñaran… A todo le ponía pegas: “Leer es aburrido”, “Escribir me cansa”, “Las Matemáticas no me gustan”... Un día, los reyes ya no pudieron más y se echaron a llorar: “A nuestra hija, la princesa, no le gusta aprender”, “Todos los sabios y profesores del reino nos aseguran que es inteligente pero no quiere, no le gusta, aprender”.



Es el fragmento de un cuento infantil que leyendo con mi hija descubrí hace unos días y me hizo reflexionar como padre y educador sobre mi habitual manejo de los premios y de los castigos en procesos de aprendizaje escolar:

¿Vale cualquier premio, cualquier incentivo, para motivar a los niños? Más aún, ¿acaso siempre hay que premiarlos? Realmente, el relato de la princesa Eloisa, que tan disgustados tenía a sus padres y sus profesores, empezaba un poco antes: