domingo, 10 de enero de 2016

"Mamá, papá, quiero esto y eso y aquello, y además lo quiero ¡ya!" Las consecuencias de nunca tener que elegir.

¿Cuántas "cosas" caben en el "deseo" de un niño? ¿y de un adolescente? Por ejemplo, ¿de cuántos peluches se tendría que encaprichar un niño para no querer ninguno más? ¿y de cuántos juguetes, y de cuántos coleteros y trajecitos, y de cuántas clases distintas de chocolates y de galletas, y de cuántas apps para la tablet o para el smartphone, y de cuántos juegos para la la playstation, y de cuántos balones y equipaciones de fútbol, y de cuántas actividades extraescolares y fiestas de cumpleaños?...




Para un niño, para un adolescente, ¿cuánto es "bastante"? ¿cuánto, "suficiente"? En definitiva, ¿cuánto "mide" el deseo de un niño? ¿"Infinito", porque es insaciable, como un pozo sin fondo? ¿O  lo que "mide" la tarjeta de crédito de sus padres?


Escribo en verano. En este momento pienso en mi hija, en algo que le sucederá a la hora de la comida. No sé si hoy preferirá tomar el helado, como casi siempre, al acabar el almuerzo, o si lo dejará para la noche.


El sabor de chocolate, que es su favorito, se nos terminó ayer y hasta esta tarde no iremos a comprar más. Ella sabe que en casa la costumbre es tomar un helado al día -o bien tras el almuerzo o bien tras la cena- y que por la noche la porción suele ser más pequeña que al mediodía.


Me costaría poco trabajo bajar ahora al supermercado a por helado de chocolate, y evitarle el “disgusto” de tener que elegir en un asunto tan fácilmente remediable.

Pero no lo voy a hacer. Hoy tendrá que elegir. O tomar helado al mediodía, del sabor que nos queda en el frigorífico, o esperar hasta la cena para tomar su helado preferido, una vez lo hayamos repuesto esta tarde.


¿Qué le podrá más a mi hija? ¿La inmediatez de tomar el helado "ahora" y aprovecharse de que así podrá tomar más cantidad? ¿O su predilección por el helado de chocolate, aunque para ello tenga que aguardar hasta la cena y además aguantarse con una porción más pequeña?

En última instancia, la solución de tan suculento “dilema", lo que finalmente decida, dependerá de lo habituada que sus padres la tengamos a hacer "gimnasia" con su corteza prefrontal, con el "sistema frío" de su cerebro, como algunos neurólogos lo llaman.





Si se compara el cerebro de un niño y de un adolescente con el de un adulto, una de las diferencias más apreciables entre ellos es el desarrollo de la conectividad de los lóbulos prefrontales, bastante más profusa en el cerebro de los adultos.

Un dato de mucho interés -no sé si una mala noticia- para padres y educadores es que dicha conectividad, si las circunstancias son las adecuadas, no suele acabarse de consolidar ¡hasta cumplidos los veintitantos años!


Esto explica el comportamiento reiteradamente impulsivo e impremeditado de los niños y de los adolescentes, frente al más previsor y sosegado de los adultos.

Por eso también, cuando los deseos de los niños y de los adolescentes son contravenidos con un "después" o un "ya veremos" o un "hablaremos luego" o un escueto y tajante "no"... es relativamente frecuente que, a expensas de cuáles sean sus umbrales de frustración, éstos reaccionen más o menos desproporcionadamente:


Por ejemplo, enfureciéndose contra quienes hacen que sus caprichos "descarrilen", practicando algún género de chantaje afectivo, en concreto el que saben más efectivo con ese adulto en particular, porque no es lo mismo -ellos lo saben bien- lo que tienen que hacer para obtener el "sí" de sus padres que de sus madres o que de sus profesores o que de sus abuelos…


De ahí que sea tan importante que el "no" del adulto esté suficientemente argumentado. Un "no porque no" -a medio y largo plazo- sirve de poco.

Sin embargo, explicando los motivos de su decisión, el adulto contribuye -de una parte- a "enfriar" el muy excitable "sistema caliente" del cerebro del niño y del adolescente y -de otra- a "entrenar" su "sistema frío" para que llegue a ser tan influyente como su gemelo “sistema caliente" en futuros discernimientos y tomas de decisiones.

En cambio, al adulto la vida le suele haber enseñado a demorar la satisfacción de un deseo si "luego" es mejor que "ahora", y también a protegerse de una "tentación" que en su intransigente inmediatez le puede arruinar un proyecto cuya ejecución requiere la constancia de la voluntad.


Menciono ahora esta historia, del Gallo Quirico, que a veces intencionadamente le recuerdo a mi hija, aunque no sé si con el éxito pretendido...

"El gallo Quirico se echó a andar a las bodas de su tío Perico con tan mala suerte que se topó con una boñiga de buey en mitad del camino.
"Resulta que las boñigas de buey están cargaditas de granos de trigo y que los gallos no se pueden resistir a picotearlos. Por otra parte, el gallo Quirico no quería llegar hecho un asco a las bodas de su tío Perico, así que se quedó allí plantado sin saber qué hacer. 
"Cuanto más lo pensaba, más hambre le entraba. Al final su pico decidió por él y casi sin darse cuenta dio un picotazo. ¡Glups! ¿Y ahora qué? ¿Cómo se iba a presentar en las bodas del tío Perico todo manchurreado?"


¿Qué le ocurrió al gallo Quirico? Que fue incapaz de diferir o de cancelar la satisfacción inmediata de un deseo (picotear la boñiga de un buey) en vista a la consecución de un plan o un programa mayor (acudir a la boda de su tío Perico).


A la larga era contraproducente que Quirico se pusiese a picotear aquellos granos de trigo. Manchurreado de sus restos, Quirico no podría asistir a la boda de su tío, a la que ya iba de camino.

En lugar de caer en tan "suculenta tentación", ¿qué podría haber hecho el gallo Quirico? Sin duda, haber dado más "uso" a su corteza prefrontal ("sistema frío") para no dejarse llevar ciegamente por su sistema límbico ("sistema caliente").

Pero, no estaba entrenado para ello. En este sentido, nadie lo había educado.

Echándole imaginación, quizás se le podría haber pedido a Quirico que se comportara como Ulises en el memorable trance de las Sirenas, para regresar a Ítaca y reencontrarse con su esposa Penélope y su hijo Telémaco, que lo aguardaban hacía veinte años. Así cuenta Homero el episodio:

"Llegarás primero a las sirenas que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos.

"Por eso, tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda para que ninguno las oiga. Pero si tú desearas oírlas, haz que te aten en la embarcación de pies y manos a la parte inferior del mástil.

"Y así podrás deleitarte escuchando sus cantos. Y en caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, dales órdenes de que te aten con más lazos todavía".

Cruzando las dos historias, la del gallo Quirico y la de Ulises, el canto de las Sirenas es a la boñiga de buey lo que el regreso a Ítaca es a la boda del tío Perico.

Por un lado, Ulises tenía un objetivo, un proyecto, capaz de aglutinar toda su voluntad: reencontrarse con su familia. Por el otro, Ulises se había dejado advertir por Circe del peligro que le iba a acechar y en consecuencia tomó las debidas precauciones:

Sus marinos se taponarían los oídos para no escuchar sus seductores cantos y a él lo amarrarían al palo de la embarcación para que no pudiese escapar hacia las rocas donde yacían las Sirenas.



Probablemente, Ulises temiera que, seducido por aquellos canturreos, perdiera el control de su voluntad y por eso decidiera "protegerse" del deseo de las Sirenas.

Pero comportarse como Ulises, en un trance como aquél, en el que la eventualidad de unos impetuosos deseos puede dar al traste con un importante proyecto, no siempre resulta fácil.


¿Quién es capaz de hacerlo? Para el padre y el educador, tan preocupados por el porvenir de sus hijos y de sus alumnos, esta es una muy buena pregunta.

Con frecuencia ocurre que la "tentación" del instante presente es más fuerte que el interés por el futuro proyectado, lo cual es una llamativa contradicción, porque, como escribió Pascal, el hombre, en primera instancia, nunca piensa en el presente, a no ser para iluminar su futuro.


Lo mismo creían Ortega y Dilthey. El hombre, pensaban ellos, no "rebota" del presente hacia el futuro, sino al contrario, primero "futuriza" y sólo después se enfrasca en el presente, el cual recibe del porvenir su sentido. Un presente que hace bucle sobre sí, es absurdo.


Así, por ejemplo, un alumno puede pensar: "Aprovecho al máximo el tiempo en el colegio para luego en casa poder jugar con la playstation".

Y unos padres: "En la jornada laboral, a la hora del almuerzo, no descansamos para salir antes del trabajo y luego en casa poder dedicar más tiempo a nuestros hijos"...

Es la asunción de un sacrificio inmediato en previsión de una previsible gratificación.


Y, sin embargo, a menudo sucede que la atención al inmediato presente se impone al futuro y falsamente parece cobrar sentido en y por sí mismo. Freud explicó que el hombre no siempre encuentra convicciones suficientes para sobreponerse a sus ansias más cortoplacistas. Él, que en tanto fue un adelantado a su tiempo, no anduvo falto de intuición, pero sí escaso de algunas evidencias neurológicas, aunque éste fuera su oficio, de las que nosotros hoy empezamos a disfrutar.


¿Acaso estas evidencias pueden ayudarnos a educar mejor a nuestros niños? ¿A enseñarles mejor a elegir acertadamente? ¿A sobrellevar mejor la frustración cuando se impone la renuncia a la satisfacción inmediata de algún deseo en pro del logro de un objetivo mayor?

Pienso que sí. Que pueden ayudarnos. La neurociencia no deja de arrojar una luz muy saludable sobre un mundo de tantas sombras como es el mundo de la educación.


En el cerebro, que es un equipo integrado por una multitud de “sistemas” y de "poblaciones nerviosas" rivales que compiten entre sí por el desempeño de las mismas grandes tareas, dicho muy tosca e imprecisamente, hay un "sistema caliente" y otro "sistema frío", respectivamente compuestos -uno- por la amígdala y el sistema límbico y -otro- por la corteza prefrontal, siendo el primero evolutivamente mucho más antiguo y por tanto mucho más automatizado en su proceder que el segundo, para cuyo buen funcionamiento necesita de mucha "gimnasia": de mucha educación.


Según sea el grado de implicación de cada uno de estos dos sistemas neuronales en la toma de decisiones, el gallo Quirico picoteará o no la boñiga de buey y se sentirá más o menos firme en asistir a la boda de su tío Perico; y Ulises tomará o no las pertinentes medidas contra el mortal encanto de las Sirenas y se mostrará más o menos comprometido en volver a Ítaca con su familia; y mi hija comerá o no helado tras el almuerzo y se manifestará más o menos dispuesta a anteponer el sabor a la cantidad.


Educativamente es formidable el descubrimiento (a mediados del siglo pasado) de la neuroplasticidad, y fabulosa la consecuencia que de ésta se deriva.

El cerebro humano no es una "roca" esculpida de una determinada manera de una vez para siempre, sino un órgano vivo y susceptible de una ininterrumpida (aunque no exenta de límites) modificación de sí mismo, fundamentalmente como reacción a cuantos estímulos le llegan del medio exterior, para cuya mejor adaptación del hombre a él, dicho sea de paso, tan afanosamente trabaja.


Gracias a este característico "dinamismo" del cerebro ni el gallo Quirico ni el héroe Ulises ni mi hija, lo tienen todo perdido. Tampoco ese alumno que no quiere hacer deberes en casa. Ni esos padres que quieren pasar más tiempo con sus hijos.


Son célebres los experimentos que Mischel llevó a cabo con un grupo de preescolares, hijos de profesores de la Universidad de Berkeley.

Cada niño se quedaba solo en una habitación sin distracciones con una golosina por delante. El científico le decía que podía comerse la golosina ahora o esperar a que él regresara y entonces tendría dos.

En cualquier momento de la espera el niño podía hacer sonar una campanilla que traería de vuelta al adulto. A través de un espejo los investigadores observaban su comportamiento y medían el tiempo que tardaba en caer en la tentación o en darse por vencido y hacer sonar la campanilla.


Los niños que más se resistieron a la tentación de la golosina -es decir, los que entonces, con apenas seis años, mostraron que su "sistema frío" era capaz de embridar a su "sistema caliente"- fueron los que andado el tiempo -téngase en cuenta que Mischel tuvo la oportunidad de hacer el seguimiento de cada uno de estos niños en su juventud y su adultez- mostraron tener una función ejecutiva más fuerte, esto es, se mostraron más capaces de fijar un objetivo claro y convincente, de recuperarse menos traumáticamente de la frustración, de alcanzar un umbral de atención más elevado, de inhibir las reacciones que más los distraían y alejaban de la consecución del objetivo...


Posteriormente, los ensayos de LaConte y Chiu nos han dejado constancia experimental de que esta predisposición natural a controlar la inmediatez del deseo (dominancia del "sistema frío" sobre el "sistema caliente") que Mischel encontró "aleatoriamente" más desarrollada en unos niños que en otros, se puede educar en todos, y de que así a todos se les puede favorecer el que se comporten menos como el gallo Quirico ("sistema caliente") y más como el héroe Ulises ("sistema frío").


***


La biología, ante un problema, según parece, no se conforma con una sola solución. Ésta tiene pinta de estar en continua reinvención, en incesante innovación, como comportándose al dictado de una imaginaria consigna que dijera "Desarrolla soluciones. Cuando halles una buena, no te detengas. Sigue hasta encontrar otra mejor. Entonces, añádela a la anterior. Enriquece el sistema vigente. Y así sucesivamente".


Igual que el cerebro, por ejemplo, no tiene un "monolítico" sistema que se llame "memoria" o "visión", sino dos amalgamas distintas de subsistemas que funcionan solapándose entre sí, tampoco tiene un "unitario" sistema que se llame "decisión", sino también una compleja serie de subsistemas (el "frío" y el "caliente") que funcionan rivalizando entre sí, como si su mecánica respondiera al viejo eslogan de que los adversarios se conviertan en aliados en aras de un bien mayor.


El gran Aristóteles -que nada sabía de neurología aunque tuviera más de naturalista de la época que de filósofo al uso- estuvo muy atinado al pensar que la elección ha de ser o "inteligencia deseosa" o "deseo inteligente".

El principio de la acción es la elección y el de la elección es el deseo y la razón. Los dos. No uno sin el otro. Sino los dos a la par. Deseo y razón. Sin reflexión, explica Aristóteles, no hay bien obrar. Pero tampoco al contrario. Sin deseo el bien obrar no existe. De por sí, la reflexión, aclara Aristóteles, nada mueve. El intelecto tiene que estar armado por la fuerza del deseo. Una vez más, in medium virtus est. La virtud está en el centro.


Quizás haya sido Damasio uno de los investigadores que, desde la neurología, mejor ha explicado a los educadores la necesidad de que tanto el "sistema frío" como el "sistema caliente" del cerebro se involucren en la toma de decisiones, para que éstas sean lo más "útiles" posible, esto es, para que logren la mejor adaptación del hombre a su medio. Dicho, si se quiere, de modo más tradicional, para que el hombre alcance su felicidad.


Damasio lo expresó muy plásticamente en el título de una de sus obras más conocidas: El error de Descartes. Para decidir, solo Descartes, es decir, la apelación a la sola razón (al "sistema frío"), como si ésta fuera limpiamente desligable de los deseos, es un craso error. Pero, de igual modo, la exclusiva apelación al solo deseo (al "sistema "caliente") es un equivocación, y no de menor importancia que lo contrario. A la hora de educar a un niño y a un adolescente:


  • Tan dañino es enseñarles a decidir siempre difiriendo la satisfacción de sus deseos, confiando su recompensa a un futuro que nunca acaba de llegar porque siempre es retranqueable en el tiempo y por tanto induciéndolos así a una suerte de patológica anorexia o anhedonía.


  • Como dañino es enseñarles a decidir siempre sin diferir jamás la inmediatez de una satisfacción, y por ello induciéndolos así a una suerte de acolasía o hipertrofia hedonista en la que la voluntad (desarmada de sí misma) queda atrapada en el deseo del instante presente.


El primer extremo -patológica anorexia o anhedonía- sería el de los niños que, emulando el experimento de Mischel, ¡nunca! caerían en la "tentación" de tomar la golosina: nunca tocarían la campanilla.


Y el segundo extremo -acolasía o hipertrofia hedonista-, el de los niños que, en la misma emulación, de inmediato caerían en la "tentación", sin ninguna capacidad de autocontención.


Para los primeros solo existiría la promesa de un futuro previsiblemente mejor, y esto a costa de una desmedida infravaloración del fehaciente presente; en cambio, para los otros, solo el fehaciente presente, en un desmedido detrimento de un futuro previsiblemente mejor. Por eso, hay niños y adolescentes a los que, sobre todo, hay que enseñarles:


  • A unos, la "gramática" de sus emociones y sus deseos, para que el "sistema caliente" de su cerebro, a la hora de elegir, tenga el protagonismo que el "sistema frío" le resta y que, sin embargo, es necesario para minimizar el riesgo a equivocarse que éste tiene cuando va por libre.


  • Y a otros, la “matemática” de su "sistema frío", para que los cálculos que éste incesantemente le ofrece en medio del ruido y del alboroto de sus emociones y deseos, sean suficientemente tenidos en cuenta, y así también minimizar el riesgo a equivocarse que el  "sistema caliente" tiene cuando galopa desbocado de toda razón.


Educativamente hay niños a los que, dicho con palabras de Damasio, hay que enseñarles a "oír" y a "entender" los "marcadores somáticos" que el "mundo" de sus emociones y de sus deseos les dejan en la "carne" de sus vidas; y otros a los que, en cambio, hay que enseñarles a "oír" y a "entender" el sesudo balance de "costos y beneficios" que la parte más racional de sus vidas les emite sin descanso.


***


"Mamá, papá... Quiero esto y eso y aquello, y además lo quiero ¡ya!"... Son varias las consecuencias de crecer en la arbitraria sobreabundancia de cosas "fácilmente" comprables. De entrada, solo dos:


Los niños y los adolescentes difícilmente aprenden a elegir y a diferir la inmediata satisfacción de un deseo en pro de un proyecto mayor y más importante que requiere de la constancia de la voluntad y de la capacidad de sacrificio. En cambio, fácilmente aprenden a endosar a otros la responsabilidad de protegerse de las consecuencias de su impulsividad.
***

No sé qué será del futuro de mi hija. Entre tanto, procuraré que, de cuando en cuando, ahora que todavía su cerebro es especialmente plástico, se vea en el "ingenuo" brete de tener que elegir entre tomar helado al mediodía día o a la noche... No obstante, la clave no está en la privación, sino en el proyecto y en la rectitud del deseo.

1 comentario:

  1. Muy bueno!!! Los educadores aprendemos con tecnicas y estudio y los padres con intuicion, valores, errores y aciertos. A veces es tarea dificil pero no imposible. Muchas gracias por la informacion

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